En El Salvador, Cuba y Chile, tres artistas contemporáneos están redefiniendo discretamente lo que significa venir de algún lugar y crear algo nuevo a partir de lo que ya existía.
Síganos en Instagram: @revistavidayexito
El arte latinoamericano más interesante que se crea hoy en día se produce lejos de donde apuntan los focos. Se produce en un estudio cerca de la Plaza San Juan de Dios en Camagüey, donde un escultor extrae madera colonial de una puerta centenaria y la escucha antes de cortarla. Se produce en San Salvador, donde un pintor aplica capas de pan de oro sobre acrílico y lápiz y, luego, esconde un barquito de papel dentro de la abstracción con tanta discreción que uno podría pasar tres veces antes de verlo. Está ocurriendo en Santiago, donde un pintor autodidacta, influenciado por el legado hiperrealista de Claudio Bravo, pinta una vaca con tal paciencia que uno olvida que es una vaca, y luego eleva todo el pastizal hacia el cielo.
Los tres artistas reunidos aquí—Tomás Carranza de El Salvador, Magdiel García Almanza de Cuba y Francisco Mery de Chile— comparten casi nada en cuanto a tema, técnica o temperamento. Carranza pinta; García esculpe y Mery engaña la vista. Uno se adentra en lo surrealista, otro en lo geométrico, otro en lo fotográfico. Y, sin embargo, los tres, colocados uno junto al otro, comienzan a describir una sensibilidad única sobre la que queríamos escribir: una generación de artistas latinoamericanos que trabajan sin los estridentes lemas políticos de las décadas anteriores, trabajando en cambio con el material —pan de oro, madera reciclada y óleo sobre lienzo— como una especie de argumento pausado.
Cada uno insiste, en su propio dialecto, en que el pasado está superpuesto a la superficie del presente.
Carranza lo llama memoria. García lo llama la vida anterior del bosque. Mery, con más ironía, simplemente deja que las islas floten.

Tomás Carranza
Pinta abstracción como otros doblan cartas: lentamente, con algo íntimo escondido en su interior. Ojos, engranajes y barquitos de papel. Hay que mirar dos veces. La recompensa es que la pintura devuelve la mirada. Carranza nació en 1974, en El Salvador, un país cuyo vocabulario visual ha sido moldeado durante mucho tiempo por el folclore indígena, el paisaje volcánico y el afán de la generación de posguerra por las nuevas formas.
Trabaja con técnicas mixtas: acrílico, lápiz, pan de oro, pan de plata, hilos y las superficies de sus lienzos se comportan menos como pinturas que como restos arqueológicos. Se invita al espectador, casi se le obliga, a leerlos por capas.
A primera vista, un lienzo de Carranza se lee como pura abstracción: cálidos campos de pan de oro, suaves trazos de sombreado a lápiz, áreas que parecen rayadas, lijadas, respiradas. Pase un minuto más observando la obra y los elementos figurativos comienzan a aflorar, casi tímidamente. Y un único ojo humano, observando desde algún lugar cerca del centro. Un pequeño engranaje mecánico, medio enterrado en oro. Un barquito de papel infantil —un motivo recurrente en su vocabulario— flotando sobre lo que habías leído, hace un instante, como nada más que textura. Carranza ha hablado abiertamente sobre el papel de la memoria infantil en su práctica: barcos y aviones de papel. Los aviones son emblemas de la infancia salvadoreña, pero también de la memoria misma: ligeros, plegables, fáciles de perder, sorprendentemente duraderos. Los engranajes aluden al mecanismo de recordar. Los ojos, quizás, sean los más honestos de todos: un gesto pictórico que admite que está siendo observado y, en silencio, devuelve la mirada.

Lo que distingue a Carranza del amplio panorama de los pintores figurativos latinoamericanos es su reticencia a elegir un registro. Parte surrealista; parte abstracto; los elementos realistas siempre anclan la mirada. Trabaja en un tercer plano, un registro onírico donde las imágenes oníricas y la materia física concuerdan en compartir una superficie.
Su exposición Lluvia de Estrellas y la muy comentada obra Interior Abstracto Plata y Oro (técnica mixta sobre lienzo, 52½ × 65¼ pulgadas) son ejemplares: grandes campos policromáticos cuyos detalles ocultos recompensan al espectador dispuesto a detenerse.
Representado internacionalmente por The Americas Collection en Coral Gables, Florida, Carranza es uno de los pintores salvadoreños más discretos de su generación y uno de los pocos artistas emergentes cuya obra se enriquece con cada nuevo propietario. Cuelgue un Carranza en su casa y, seis meses después, seguirá encontrando barquitos de papel.
Tomás Carranza
Nacimiento: 1974.
Técnica: acrílico, lápiz, pan de oro y plata, textiles e hilos sobre lienzo.
Vocabulario oculto: ojos, engranajes, barcos de papel, aviones de papel y caricaturas de la infancia.
Obras destacadas: lluvia de Estrellas, Interior, Abstracto Plata y Oro, Vuelo Eterno
Por qué vale la pena: un lenguaje visual surrealista y onírico que oculta incidentes realistas dentro de abstractos campos de pan de oro, algo poco común.
Magdiel García Almanza
Esculpe el cuerpo humano en madera que ya ha tenido vida —los pisos, vigas y puertas de las casas coloniales de Cuba— y le otorga a la madera una segunda vida. Muchas de sus piezas se mueven. Todas invitan a ser tocadas. García Almanza, nacido en 1971, vive y trabaja en Camagüey, la tranquila y hermosa ciudad del interior de la llanura central de Cuba, cuyo trazado colonial es ahora Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Su estudio, Estudio Galería Magdiel, se encuentra junto a la Plaza San Juan de Dios, y la conjunción de lugar y práctica es premeditada: García trabaja casi exclusivamente con madera recuperada de las casas coloniales centenarias de Camagüey, maderas duras tan densas y antiguas que pocos escultores hoy en día saben siquiera cómo trabajarlas.
Graduado de la Escuela de Arte Luis Casas Romero, García forma parte de la generación de artistas cubanos que alcanzaron la madurez en los difíciles años noventa postsoviéticos —el llamado periodo especial— cuando los materiales importados escaseaban y los artistas cubanos, por necesidad, se convirtieron en extraordinarios improvisadores. A partir de esa limitación, García desarrolló una práctica que hoy llamaríamos sostenible, pero que él simplemente denomina escuchar. Escucha la madera: dónde quiere agrietarse, dónde recuerda el pomo de la puerta, dónde la veta solía soportar peso. Luego, esculpe. De formas cúbicas, sin ser cubistas, llenas de carácter: un estilo completamente suyo.
El resultado es un conjunto de obras en las que la figura humana —bailarines, ángeles alados, madres, la recurrente serie Circo de artistas circenses— se representa mediante la abstracción geométrica. Los rostros se convierten en planos. Las extremidades en vigas. Y, sorprendentemente, muchas de las esculturas se mueven. García construye articulaciones, palancas, mecanismos ocultos.

Una figura puede abrirse, girarse, reorganizarse. Se invita al espectador a mirar y a participar, un acto de contacto háptico con el arte que, en la mayoría de las galerías, está expresamente prohibido.
En 2023, García presentó piezas de su serie Circo en Zona Maco, la feria de arte contemporáneo más importante de México, un paso significativo para cualquier artista cubano que trabaje principalmente en la isla. Ha sido galardonado con la Distinción Fidelio Ponce de León, y su obra se ha expuesto en Alemania, Francia, España y Suiza.
Niña con pez XXX, tallada en madera de acana cubana, y la célebre Danza XXX se encuentran entre las obras que lo han dado a conocer a los coleccionistas norteamericanos.
Lo que hace esencial a García, más allá de la técnica, es la discreta propuesta ética implícita en cada pieza: que los materiales desechados de un siglo pueden convertirse en la escultura del siguiente. En un mercado de artículos cada vez más preocupado por la extracción y la autenticidad, lejos de ser una estrategia de marketing, constituye un método.
Magdiel García Almanza
Nacimiento: 1971.
Educación: Escuela de Arte Luis Casas Romero, Camagüey.
Material: maderas nobles recicladas de siglos de antigüedad rescatadas de casas coloniales cubanas, y bronce.
Significado: figuración geométrica, elementos interactivos y cinéticos, y uniones acabadas a mano.
Reconocimiento: distinción Fidelio Ponce de León; Zona Maco 2023 (México).
Exposición: Alemania, Francia, España, Suiza, México.
Por qué vale la pena: Esculturas que se permite —y se espera tácitamente— tocar, hechas con materiales con una biografía más larga que la del propio artista.
Francisco Mery
Pinta la realidad, con tal precisión, que uno deja de confiar. Luego, hace flotar una pequeña granja en el cielo y pregunta, amablemente, de qué estaba hecha tu confianza en primer lugar.

Mery es un artista chileno cuya obra pertenece a una de las tradiciones visuales más distintivas de Latinoamérica: la línea hiperrealista chilena que recorre la obra del fallecido Claudio Bravo, el pintor realista más internacionalmente célebre del país.
Bravo, cuyos estudios de trampantojo de papel arrugado y paquetes envueltos se exhiben ahora en el Met y en el Museo de Arte Moderno, proyecta una larga y acogedora sombra sobre los pintores chilenos que le siguieron. Mery reconoce abiertamente a Bravo como una inspiración y esto se puede apreciar en la paciencia de las superficies.
Sin embargo, formado como diseñador gráfico y en gran parte autodidacta como pintor, Mery ha creado una obra en la que la precisión fotorrealista es la premisa, más que el remate. Sus estudios en papel, sus naturalezas muertas arquitectónicas, sus vacas solitarias sobre fondos blancos: son lecciones de paciencia con la pintura al óleo. Luego, casi con naturalidad, transforma el mundo.

En Liberator, un pequeño agricultor cultiva una parcela de tierra absolutamente ordinaria, excepto que la parcela se ha desprendido de la tierra y cuelga en un luminoso cielo chileno, flotando lentamente entre las nubes. En Criador de Caballos, un criador de caballos trabaja entre islas flotantes de pastos, cada una representada con la misma sobriedad documental que un diorama de historia natural de un museo.
El don de Mery es que nunca juega de surrealista para provocar risas. La isla flota con la misma convicción impasible que el mapa de un geógrafo. Se invita al espectador a tomarla, por un instante, en serio.
Esa es la picardía que Mery ha heredado discretamente del linaje chileno de Bravo: el hiperrealismo, más que como un estado final estilístico, como una herramienta para desmantelar la propia pretensión de realismo. Si algo está pintado con tanta fidelidad, preguntan sus lienzos, entonces debe ser verdad, ¿cierto? Y si la isla flotante es verdad, ¿qué hay del resto del cuadro? ¿Qué hay del resto de la tarde? Entre los pintores chilenos emergentes, Mery ocupa un productivo punto medio: técnicamente conservador, conceptualmente lúdico, emocionalmente generoso. Su obra se ha exhibido en la galería ArtLabbé de Art Wynwood, en Palm Beach Modern + Contemporary, y está representada internacionalmente a través de The Americas Collection. Para los coleccionistas que aman el hiperrealismo pero buscan una pintura que transmita alegría, Mery es actualmente la mejor opción.
Francisco Mery
Estilo: Hiperrealismo con intervención surrealista.
Formación: diseño gráfico; pintor autodidacta.
Línea: inspirado en Claudio Bravo, el maestro hiperrealista chileno.
Temas: papel, animales, paisajes, arquitectura e islas flotantes.
Obras destacadas: Liberator; Criador de Caballos; Aviones en Tránsito y Alma del Caribe.
Ferias: Art Wynwood (2019, 2021), Palm Beach Modern + Contemporary (2020).
Por qué vale la pena: técnica hiperrealista heredada de Claudio Bravo, empleada al servicio de una sutil broma surrealista que nunca perfora del todo la seriedad de la superficie.
Para asesoría a su colección, contacte: The Americas Collection 4213 Ponce de León Blvd. Coral Gables, FL 33146 / (305) 446-5578 www.americascollection.com
- Tres voces a las que seguir - 16 mayo, 2026
- Respiración oral en niños: una señal de alerta para ponerle atención - 16 mayo, 2026
- Turismo regional impulsa crecimiento económico - 16 mayo, 2026




