Durante 37 años, Miss Edith y yo construimos una amistad basada en el respeto y el cariño, que nos permitió convivir con nuestras diferencias de carácter.
Por Karla Icaza M. Vicepresidenta Ejecutiva Gobierno Corporativo de Grupo Promerica.
En columnas recientes les compartí que no me gusta la palabra “suegra”, y tampoco “nuera”, porque suena a “no era”. Por eso, las esposas de mis hijos son mis “daughters-in-love”, y yo quiero ser para ellas su “mother-in-love”.
Conocí a Miss Edith, la mamá de mi esposo, en Washington D. C., adonde llegó de visita en diciembre de 1989. Desde el primer momento me pareció una mujer encantadora, enérgica, independiente y muy amorosa con sus hijos. Aunque en temperamento éramos totalmente opuestas, nos logramos entender desde el inicio. No fue mi suegra, fue mi amiga.
Edith Marie Jackson Ocampo, cariñosamente Miss Edith, nació en Corn Island, Nicaragua, en 1935. Fue la cuarta hija, después de tres varones, hasta que llegó la tía JoJo, doce años después. Siendo la única niña por muchos años, aprendió a defenderse y a jugar rudo con sus hermanos. La mandaron interna a un colegio en la capital y, a los 19 años, se casó con un hombre diez años mayor que ella. Pasó de ser la princesa de su papá a ser la princesa de su esposo. No fue a la universidad, pero era bien inteligente. Enviudó a los 39 años, con seis hijos: el mayor de 19 y el menor de 9 años, este último mi esposo, “su bebé”, como ella le decía. Me cuentan que, en la vela de su esposo, se arrodilló a la par del ataúd y, en oración, le dijo a Dios: “Aquí te entrego a mis seis hijos; sola no puedo”. Y se cumplió lo que dice el Salmo 68:5: Dios, en su santo templo, es padre de los huérfanos y defensor de las viudas.
Un amigo le propuso prepararse para ser corredora de seguros. Tenía la personalidad, las buenas conexiones y la inteligencia para aprender rápido. Le tomó la palabra y se convirtió en una corredora de seguros “estrella”. Durante su vida laboral, que se extendió hasta cerca de sus 80 años, recibió muchos premios y generó lo suficiente para sacar adelante a sus seis hijos, mandarlos a las mejores universidades y vivir cómodamente hasta el final de sus días.

Durante nuestra vida de casados, a veces nos tocó vivir en su casa y otras veces ella vivió en la nuestra. ¿Cómo hacen dos mujeres independientes, enérgicas y de carácter fuerte para no tirarse los sartenes en la cara y, de paso, no volver loco al hombre que ambas amamos?
Bueno, les voy a compartir lo que hice y lo que no hice. Tuve el gran ejemplo de mi mamá, que fue una “daughter-in-love” prudente y amorosa con mi abuela, y traté de seguir sus pasos:
- Mientras viví en su casa, nunca pretendí robarle terreno: ella era la dueña y señora de su hogar. Más bien, le agradecí siempre el apoyo que nos dio cuando más lo necesitamos.
- Cuando ella vivió con nosotros, aprendí a escoger mis batallas. Había días en que llegaba a casa y encontraba la sala completamente redecorada. Aunque a veces no me gustaba cómo había quedado, no decía nada. Sabía que, unos días después, todo volvería a cambiar.
- En ese tiempo no entendía el amor que las abuelas les tienen a sus nietos, y me enojaba cuando ella era muy permisiva con nuestros hijos, sobre todo con el menor. Hablaba con mi esposo para que, entre los dos y con delicadeza, le pidiéramos que nos apoyara, porque no era sano mandarles mensajes opuestos a los niños.
- Aprendí que, por la “paz mundial”, había temas que no me tocaba a mí hablar con ella, sino a mi esposo.
- Yo no soy cariñosa; la verdad es que tengo otras formas de expresar amor. Con ella nunca fingí ser lo que no soy para “cepillarla”; más bien, siempre fui franca y clara, pero con amor, guardando el respeto que se merecía como ser humano, madre de mi esposo y abuela de mis hijos.
- Traté de estar siempre disponible cuando me necesitaba y pendiente de su salud. Ella nunca olvidó aquella vez que estuvo hospitalizada y yo tomé uno de los turnos de la noche para cuidarla.
Ella, por su parte, era muy cariñosa conmigo. Siempre me decía que me quería mucho, en privado y en público; me daba pena que dijera abiertamente que era su “nuera” favorita (aunque a mí no me guste esa palabra). Son pocos los días que recuerdo haber ido a visitarla y haber salido sin un regalo; ese era su lenguaje de amor. De vez en cuando me llamaba para pedirme consejo, y yo siempre le decía: “¿Para qué me pedís consejo, si al final hacés lo que querés?”. Se reía y me respondía: “Yo sé, pero igual quiero tu consejo”. Algunas veces sí lo tomó. Miss Edith tenía una frase que repetía de cuando en cuando: “¡No ha nacido la persona que me dé órdenes!”. Creo que la describe tal cual fue.
Por 37 años logramos tener una excelente relación; si me preguntan, creo que salí invicta. Cuando mi papá falleció, al día siguiente me desperté de madrugada con una tristeza profunda. Lloré como hacía rato no lo hacía; me hizo bien desahogarme. La verdad es que sentí un vacío bien raro al darme cuenta de que ya no tenía ni mamá ni papá. Más tarde ese día, Miss Edith me llamó para darme sus condolencias, y sentí en mi corazón decirle: “Ahora vos vas a ser mi mamá y mi papá; tenés experiencia jugando ambos roles con excelencia”.
Busqué una foto que la describiera para acompañar esta columna. Así la voy a recordar siempre: sentada en una piedra frente al mar Caribe, en su amada Corn Island, donde nació y donde, por su última voluntad, descansarán sus cenizas.
¡Hasta pronto, Miss Edith! ¡Gracias por tanto!
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