La coexistencia con la naturaleza

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La coexistencia con la naturaleza

A lo largo de la historia humana, la naturaleza ha sido un tema frecuente para el arte y motivo de creación para los artistas de todas las épocas, ya sea para la representación simple a través del paisaje, como para su intervención desde diferentes recursos artísticos y con la necesidad de transformarla deliberadamente para dejar nuestra presencia en ella.

Por Alberto Torres Cerrato, director del Centro de Arte de la Fundación Ortiz Gurdian

Se le ha representado virgen, intervenida, transformada, imaginada, romántica, cruda, complaciente o simplemente como un medio de reflexión, para mostrar las huellas de nuestra evolución humana desenfrenada y voraz.

Andrea Galvani, The End I y The End II (2014), fotografía.

En la colección de arte contemporáneo de la Fundación Ortiz Gurdian exhibida en Casa Deshon, encontramos obras que invitan a la reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza, sobre la interpretación de ésta y cómo la percibimos desde nuestras realidades. Representaciones del paisaje como un ente atemporal, como una difusa sucesión de momentos apenas perceptibles. En la obra Allende (2007) de Pablo Cardoso (Ecuador, 1965), nos encontramos ante un conjunto pictórico de 70 piezas, basado en fotografías desenfocadas de un paisaje veneciano que muestra las múltiples miradas sobre un sitio específico, una reconstrucción que propone nuevas apreciaciones del paisaje físico a modo de “secuencia fotográfica”, que le permiten “contrastar los efectos de la racionalidad tecnocientífica sobre la naturaleza ante la experiencia subjetiva humana”.

Miguel Ángel Abarca, Carrizos de luz en las altas noches (2001), instalación.

Para Cristina Cuadra Stoupignan (México/ Nicaragua, 1966), la relación con el paisaje se da de primera mano, desde la tierra misma. Columpio Mombacho (2007) es una pieza que la artista ubica dentro de una fractura que ha dividido en dos la montaña del volcán Mombacho, un columpio que suspende de una escalera atravesada en la parte más alta de la abertura, una “obra de gran sensibilidad y sentido ecológico, que celebra la relación del hombre con el planeta”.

En Carrizos de luz en las altas noches (2001), de Miguel Ángel Abarca (Nicaragua, 1950), el poeta Julio Valle Castillo la define como un homenaje a la naturaleza, ya que la recrea y esboza desde sus formas sensualmente caprichosas, invadiendo los espacios profusamente como si de una escultura del barroco latinoamericano se tratase.

Algo similar ocurre con la pieza de Norman Morales (Guatemala, 1979). La ruina como motor/ arquitectura orgánica (2012) muestra la interacción humana (cosas aglomeradas producto del uso) y de la naturaleza misma (troncos recogidos, transformados y domesticados) como binomio interdependiente de la construcción y de la ruina y del valor que estos tienen para la vida, la creación y el arte. Para la crítica María José Chavarría, “el concepto de ruina funciona tanto como un vínculo con la memoria y el desgaste, así como una reflexión sobre un espacio en donde confluyen la experiencia acumulada y la permanencia de lo futuro”.

Para Andrea Galvani (Italia, 1973) con su obra The End I y II (2014), fotografías que forman parte de la instalación proyección de siete canales del mismo nombre, donde el autor muestra todo el recorrido del astro solar, desde que amanece, hasta que desaparecen del encuadre. La obra es un homenaje a la teoría heliocéntrica de Galileo Galilei, en un periodo donde las verdades conocidas eran incuestionables.

La pieza de Priscilla Monge (Costa Rica, 1968), Amanecer (2015-2016), es una metáfora del paisaje finito que nos remite a la memoria, al amor y a la intangibilidad del tiempo, de la vida y la muerte. Un referente previo a Amanecer, Monge lo encuentra en la obra Gold Field de Roni Horn, por las reminiscencias al amor entre Félix Torres García y su pareja. Dicha obra reflexiona sobre la importancia de los recuerdos por atardeceres vividos y por los que se perderán, porque la vida se acaba.

Donna Conlon (EE.UU., 1966), nos confronta con la polución medioambiental, con la naturaleza transgredida por la impronta humana. Con Marea baja (2004), evidencia la cultura del desperdicio de nuestra sociedad de consumo contra la belleza natural del océano de la bahía de Panamá. Residuos cientos de llantas usadas que se acumulan a la orilla del mar como “promesas políticas” sobre temas ambientales, evidencian “nuestros problemas, algo que necesitamos desesperadamente mirar y repensar. […] con una mirada hacia los desechos como evidencia de nuestro comportamiento humano”.

Utilizando las llantas desechadas como objetos artísticos resignificados, encontramos las piezas Neumáticos I y Neumáticos II (2012) de Maruca Gómez (Nicaragua, 1923 – 2021), que se plantean como expresión estética a partir de desechos, obras que reutilizan y reciclan residuos producto del consumo social y los reinserta en un ambiente humano controlado, dándole nuevos usos formales y como confesión de amor a la tierra.

 

el autorRedaccion
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