• 7 agosto, 2023

Es cuestión de actitud

Es cuestión de actitud

Por Karla Icaza, Vicepresidenta Ejecutiva Gobierno Corporativo de Grupo Promerica

Esta semana estuve en un webinar de nuestro programa Protagonistas, que fue impartido por Tuti Furlan, una guatemalteca llena de energías, que con solo verla transmite felicidad. El tema de la conferencia fue “Cambio de actitud, cambio de resultados”.

Toda mi vida, hasta antes del cáncer, mi actitud era muy vulnerable respecto a las circunstancias que estuviera viviendo en el momento. Además, como me tocó tomar las riendas de mi vida a muy temprana edad y aprender a tomar decisiones importantes, me convertí en “doña control”, y si esto es un mal de las mujeres, pues yo lo tuve por partida doble.

Cuando me iba a casar, mi esposo me dijo que no quería casarse por la iglesia porque el no creía en nada. Fue el primer balde de agua fría que recibí en nuestra relación porque el día de mi boda eclesiástica me daba mucha ilusión, y no solo a mí. Mi abuela materna, un poco después de que nos casamos por lo civil, me hizo el vestido de novia, vestido que guarde en una bolsa negra en mi closet por cuatro años y medio.

Karla Icaza, Vicepresidenta Ejecutiva de Gobierno Corporativo de Grupo Promerica.

Cuando mi esposo se enamoró de Jesucristo decidimos entregarle nuestro matrimonio a Dios. Ya habían nacido Alejandro y Andrés, de hecho, ellos invitaron a la boda y Alejandro nos llevó los anillos. Nadina, mi mejor amiga, prácticamente nos empujó a hacerlo de forma bien improvisada, porque en cuestión de quince días ella planeó todo. La fiesta fue en su casa, las invitaciones se imprimieron en la empresa de Augusto, su esposo, quien también nos prestó una limosina (sin aire acondicionado). Saqué mi vestido para probármelo y me quedó perfecto. Solamente hacía falta pegarle unas perlas que la hermana de Nadina para ayudarle las pegó todas con “crazy glue” porque era la forma más rápida.

A las cuatro de la mañana del gran día, me desperté para ir al baño y no pude abrir uno de los ojos. Angustiada le hablé a mi esposo y medio dormido me dijo que me lavara el ojo con champú de niño. Me dormí un par de hora más y cuando me levanté el ojo lo tenía semi cerrado e inflamado. ¡Primera llorada del día, pensando en las fotos como saldrían!

A pesar de que unos años antes, me había prometido que el día de mi boda llegaría a la iglesia a tiempo, porque eso de que las novias llegan tarde me parece un desaire para la concurrencia, no lo logré porque mi hermano Mariano no daba con la dirección del lugar donde debía recoger el ramo y las flores que me puse en la cabeza y terminé llegando tarde. ¡Segunda llorada del día! En otra columna les contaré detalles de la ceremonia que fue preciosa, pero hoy no me da la cantidad de palabras para hacerlo.

La fiesta, como planeado, fue en casa de nuestros padrinos de boda, Nadina y Augusto. Ella decoró el jardín muy lindo donde puso las mesas con manteles largos y adornos que ella misma hizo. Invitamos a la familia y amigos más cercanos. Todo iba super bien hasta que se desató una de esas tormentas de agosto, con rayos y todo. Los invitados tomaban sus mesas y las metían adentro de la casa. Esto paso al menos tres veces porque dejaba de llover y sacaban las mesas, volvía a llover y las metían otra vez. Mientras eso pasaba yo estaba metida en un baño, con mi ojo inflamado, llorando amargamente. ¡Tercera llorada del día! Mi esposo trató de contentarme, pero no tuvo éxito. Para colmo nos quedamos sin electricidad y el horno para calentar la comida de la cena era eléctrico. ¡Cuarta llorada del día! Recuerdo que mi hermana, Vidaluz, llegó al baño a decirme que todos estaban pasando felices, que la gente había estado disfrutando a pesar de la lluvia y de la oscuridad. Me insistió que saliera para ser parte de mi celebración. Creo que me ayudó la “zarandeada” de mi hermana porque el resto de la noche decidí disfrutar a pesar de todos los desastres.

Para terminar el día, una vez que se acabo la fiesta, e íbamos a “nuestra noche de bodas”, me entraron unos escalofríos y una fiebre altísima que tumbó los planes esa noche.

Les cuento esta historia porque mientras escuchaba la conferencia se me vino a la mente este día donde podía haber escogido tener una actitud positiva a pesar de todo lo que me fue pasando, pero dejé que los obstáculos y las situaciones sobre las cuales yo no tenía ningún control se apoderaran de mis emociones y perdí mucho tiempo angustiada en vez de disfrutar con la gente que me quiere uno de los días más importantes de mi vida.

Varios años después tuve la oportunidad de pasar por una verdadera tormenta donde decidí caminar por el trayecto, de la mano de Dios, no permitiendo que las circunstancias determinarán mi actitud. Esa decisión que tomé hace ocho años, cuyo trayecto quedó plasmado en las páginas de mi libro, “El Poder del Amor, mi experiencia con el cáncer de seno”, transformó mi vida para siempre.

Etiquetas: conecta2 / Estilo de Vida / Karla Icaza / vida

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