• 22 marzo, 2024

Las funciones ejecutivas: el centro del cerebro

Las funciones ejecutivas: el centro del cerebro

Es interesante además hacer notar que el control de las funciones ejecutivas se ubica en el lóbulo prefrontal del cerebro.

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Por Dra. Silvia Arce, Facultad de Educación de Universidad Galileo

Todos hemos escuchado acerca de la importancia de que los estudiantes manejen procesos superiores del pensamiento: análisis, evaluación y creatividad (los tres últimos peldaños de la Taxonomia de Objetivos de Aprendizaje Cognoscitivo de Bloom), pero pocos han escuchado que, para poder trabajar en esos niveles, cada persona necesita tener desarrolladas, al máximo, sus funciones ejecutivas. Este término fue propuesto por Lezak en 1982 y Bauermeister (2008) y lo definen como “actividades mentales complejas, necesarias para planificar, organizar, guiar, revisar, regularizar y evaluar el comportamiento necesario para adaptarse eficazmente al entorno y para alcanzar metas”.

Por su parte, Fuster (2008) afirma que las funciones ejecutivas son una habilidad temporal que permite organizar el comportamiento, el lenguaje y el razonamiento, para resolver problemas tanto internos como externos. Los internos se relacionan con las representaciones mentales que hace el sujeto (cómo se representa la información que recibe), en donde lo afectivo, cognitivo y emotivo desempeñan un papel fundamental. Los externos, por el otro lado, son el resultado de la interacción del individuo con su ambiente en donde lo social y cultural juegan un papel determinante para llegar a una adecuada y sistemática solución de los problemas.

Es interesante además hacer notar que el control de las funciones ejecutivas se ubica en el lóbulo prefrontal del cerebro, una de las zonas que suelen madurar más tardíamente (hacia los 25 años se considera que alcanza su plena madurez), lo cual permitiría comprender, en parte, por qué los estudiantes que ingresan a la universidad tienen muchas dificultades para cumplir con todos los lineamientos que se dieron para entregar una tarea, por ejemplo.

Aunque no hay consenso en exactamente cuáles son las funciones ejecutivas, en general, se proponen las siguientes:

  • Memoria de trabajo que nos sirve para almacenar temporalmente la información y procesarla. Las neurociencias la describen como un “espacio” del que dispone el cerebro para mantener disponible la información mientras es procesada (por ejemplo, las cifras de un cálculo mental, mientras damos con la respuesta).  Es un almacén muy reducido pues la información permanece en él muy poco tiempo.
  • Planificación o capacidad de generar planes de acción que nos permitan elegir, de entre varias opciones, cuál es la mejor para alcanzar el objetivo; por ello, también nos permite anticiparnos a las consecuencias.  Facilita entonces la toma de decisiones.
  • Flexibilidad o habilidad para ir ajustando el plan trazado de acuerdo con los resultados parciales que se van logrando.
  • Inhibición o capacidad de ignorar la información que no es relevante para la tarea o los impulsos de hacer algo distinto a lo originalmente planificado.
  • Estimación temporal: habilidad para calcular el tiempo que tenemos para alcanzar el objetivo y cada uno de los pasos que nos hemos trazado.
  • Monitoreo y/o autorregulación (reflexión) que es la capacidad para ir evaluando si la forma en que estamos haciendo las cosas nos va a permitir alcanzar el objetivo en el tiempo previsto y en la forma correcta.

De allí que pueda afirmarse que estas funciones ejecutivas se utilizan para realizar casi cualquier tarea: cocinar, llegar a un lugar específico y, lo que nos interesa, lograr los objetivos de aprendizaje (desarrollo de competencias) y alcanzar un buen rendimiento académico mediante la acumulación de zona al entregar tareas y rendir bien en los exámenes.

Estas funciones ejecutivas, en su conjunto, suelen estar alteradas en trastornos como el Déficit de Atención/Hiperactividad, Discapacidad Intelectual, Trastorno del Espectro Autista, Trastornos Específicos del Aprendizaje, entre otros. Pero hay muchas personas sin esos trastornos que, al tener alteración en una o dos de estas funciones, tienen dificultad no sólo para comprender las metas/objetivos de aprendizaje, sino alcanzarlos. De hecho, varias investigaciones como las realizadas por Días y Seabra (2016) y Zelazo (2015) muestran que el nivel de desarrollo de las funciones ejecutivas son un buen predictor del rendimiento académico.

Al conocer cuáles son, cómo intervienen para alcanzar las metas y el hecho de que éstas no están totalmente desarrolladas en los estudiantes de nuevo ingreso a la universidad (de hecho, van a ir madurando a lo largo de la vida universitaria), los profesores tendrán que hacer un doble esfuerzo para que las tareas que asignen estipulen con claridad: qué se debe entregar, cómo se debe entregar, cuándo se debe entregar, qué pasos deberán realizar, qué criterios se evaluarán y cómo, etc. Además, luego de calificarlas, deberán retroalimentar los resultados (evaluación formativa).

 

Etiquetas: el centro del cerebro / funciones ejecutivas / Guatemala / Universidad Galileo

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