Cuando un líder adopta una inclinación hacia la acción, se transforma a sí mismo: genera un efecto dominó.
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Siempre se ha considerado una persona activa. Se mueve rápido, le encanta aprender cosas nuevas y jamás permanece quieto por mucho tiempo. La productividad ha sido una compañera constante a lo largo de su carrera, y atribuye gran parte de su éxito a una característica clave: el coraje de actuar, incluso cuando las circunstancias parecen inciertas o complejas.
Esa mentalidad se remonta a un momento de su infancia. Tenía alrededor de 11 años y creció en los Países Bajos, donde una bicicleta es más que solo un juguete: es el principal medio de transporte. Un día, tuvo su primer pinchazo y, como suele suceder allí, estaba lloviendo. Se sintió derrotado e inmovilizado. Sin bicicleta dejó de sentirse libre ni forma de trasladarse.
Caminó hasta su casa, y su padre, tranquilo como siempre, lo miró y dijo: “Arreglémosla”. ¿Arreglarla? Era 1984. Sin tutoriales como Youtube paso a paso. Solo una llanta desinflada, algunas herramientas y un niño que carecía de idea de lo que estaba haciendo.
Se sentaron juntos con un balde de agua para encontrar el agujero, papel de lija, pegamento para parcharlo y herramientas metálicas para desmontar y volver a colocar la llanta. Paso a paso, la repararon, lo hicieron juntos.
Ese día cambió su forma de pensar. Se dio cuenta de que, si podía arreglar eso, podía arreglar cualquier cosa. Desde ese momento, creyó que la mayoría de los problemas tienen solución, la mayoría de los obstáculos son temporales y la mayoría de los miedos están exagerados.
Cómo desarrolló una mentalidad de crecimiento
Esa mentalidad fue puesta a prueba en varias ocasiones. Estudió con esfuerzo en un exigente colegio público, pero las calificaciones le resultaban difíciles. Para empeorar las cosas, muchos profesores parecían dudar de sus capacidades.
Excepto uno: el profesor Bosman, de educación física. Tenía una energía contagiosa y un lema simple. Cada vez que introducía un nuevo ejercicio, explicaba, demostraba, esperaba confirmación y luego gritaba una sola palabra: su orden, su mantra: “¡Hacé!” (pero en holandés, por supuesto).
Esa palabra quedó grabada en su memoria. Fue la única afirmación positiva que recibió de un docente en aquellos años, y con el tiempo se convirtió en su filosofía. ¿Duda? Hacer. ¿Abrumado? Hacer. ¿Incertidumbre? Aun así… hacer. La acción siempre vence a la inacción.
Años después, ya en su carrera corporativa en The Baan Corporation (una empresa de software que ahora forma parte de Infor Global Solutions), recuerda haber conocido a Jan Baan, el fundador visionario de la compañía. Tenía solo 25 años, estaba lleno de entusiasmo y aún encontraba su ritmo profesional. Le preguntó cómo lograba hacer tanto y con tanta calidad.
Él le respondió: “Michel, intento tomar 20 decisiones por día y aún dejar tiempo para corregir dos de ellas. Eso es mejor que tomar dos decisiones perfectas y perderse las otras 18”. En ese momento comprendió algo fundamental: la perfección es lenta y paralizante. Si quería avanzar, debía actuar, aprender en el camino y corregir los errores sobre la marcha.
Por qué los líderes orientados a la acción son los que triunfan
En su trabajo como coach ejecutivo, ha conocido a muchos líderes brillantes, capaces y ambiciosos que aún se aferran a una mentalidad contraria. Cargan con el peso de frases que les dijeron años atrás: “Estoy poco calificado” o “Alguien más puede hacerlo mejor”.
Pero la mayoría de esos mensajes tienen poco fundamento. Por eso, alienta a enfocarse en actuar.
Un estudio reciente publicado en Current Psychology reveló que los líderes que confían en recursos internos basados en rasgos personales —como la resiliencia, la autodisciplina y la adaptabilidad— están mejor preparados para manejar el estrés y desempeñarse bien en entornos complejos y de alta exigencia.Los líderes las fortalecen mediante el movimiento, la práctica y el aprendizaje activo.
Otro estudio, publicado en el International Entrepreneurship and Management Journal, demostró que la autogestión y la práctica de la atención plena mejoran de forma medible la confianza y la capacidad de decisión de los líderes. No es la perfección lo que genera competencia, sino la repetición, la conciencia y el valor de actuar incluso cuando no hay total claridad.
Este enfoque también coincide con los descubrimientos recientes de la neurociencia. El cerebro premia el progreso —incluso el más pequeño— con dopamina, lo que motiva a seguir avanzando.
También inspira a su equipo a tomar la iniciativa. Construye una cultura en la que el progreso importa más que la perfección, donde el aprendizaje es constante y la velocidad se convierte en una ventaja estratégica.
El impulso, al fin y al cabo, es contagioso. Un liderazgo decidido elimina cuellos de botella, eleva la moral y acelera el desempeño. En cambio, la vacilación desde la cima provoca confusión, desmotivación y frena a la organización. Y una vez que se pierde el impulso, es difícil recuperarlo.
La acción genera claridad. La acción construye confianza. La acción alimenta el impulso. Por eso, no hay que esperar la perfección ni pedir permiso. Hay que empezar a hacer.
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