Reflexión sobre las dificultades y experiencias de una mujer en el mundo corporativo, destacando retos, prejuicios de género y la importancia de la resiliencia y la solidaridad.
Por Karla Icaza M. Vicepresidenta Ejecutiva Gobierno Corporativo de Grupo Promerica.
Una amiga y colega me mandó de regalo un libro que escribió en colaboración con tres mujeres más, SOS: a navigation guide for women at work. Mientras lo voy leyendo se me vienen a la mente algunas experiencias que he tenido durante mi tránsito por el mundo corporativo, donde la mayoría del tiempo ha sido en la banca. Como les he contado en otras columnas, comencé a trabajar a los 18 años, después de graduarme de la secundaria para poder pagar mis estudios universitarios. En ese tiempo me sentía como Clark Kent, en el día “disfrazada” de banquera y en la noche de jeans y zapatos tenis. Fueron años muy ocupados en mi vida y aunque me hubiera gustado vivir al 100% la experiencia universitaria, valoro mucho más lo que gané al haber tenido que asumir responsabilidades de “mujer grande”, enfrentando desde muy joven retos de “la vida real”.
Estoy consciente que en términos generales las mujeres no la hemos tenido fácil en el mundo corporativo, pero debo mencionar que cuando miropara atrás, me he encontrado más mujeres complicadas, conflictivas y poco solidarias que hombres machistas. Y eso no quiere decir que no he tenido algunas experiencias “borrascosas” con jefes y/o compañeros de trabajo.
A continuación, les cuento algunas anécdotas:

Tuve un jefe que me contrató teniendo cinco meses de embarazo. Me pareció muy moderno de su parte, porque era un señor de la edad de mi papá. Dí a luz y regresé a trabajar antes del tiempo que te dan por maternidad, pero por decisión propia. Cuando salí embarazada de mi segundo hijo (dos años después), le llevé al mismo jefe el sobre con la prueba de embarazo positiva. Leyó el papel, me quedo viendo y me dijo que era una irresponsable. Le dije que no veía cuál era la irresponsabilidad, que estaba en plena edad reproductiva y que él sabía que el embarazo no era ningún impedimento para que yo continuara haciendo mi trabajo de forma eficiente. Me puse a reír y salí de la oficina.
Cuando fui Intendente de Bancos en mi país, teníamos una reunión para discutir la intervención de uno de los bancos con el ministro de Hacienda, el presidente del Banco Central y el Consejo Directivo de la Superintendencia. Ese mismo día a uno de mis hijos le daban un premio por excelencia académica. Hablé con mi jefe para pedirle permiso para incorporarme más tarde a la reunión y que mi equipo pudiera hacer la presentación del caso. Me dijo: vamos a mover la reunión para la tarde. Es más importante que estés presente en la premiación de tu hijo. Me quedé en shock.
Cuando quedé embarazada de mi tercer hijo, que vino al mundo a pesar de todos los métodos anticonceptivos existentes, tenía cuatro meses de haber cambiado de trabajo. No se imaginan como me sentí cuando vi la prueba de embarazo positiva. Claro que estaba feliz por mi bebé, pero me daba pena decirle a mi jefe, no sabía cómo iba a reaccionar. Me sentí literalmente como que tenía 15 años, había quedado embarazada de mi novio y tenía que decirle a mi papá. Cuando finalmente agarré valor, le dije que tenía algo que decirle y comencé a llorar. El pobre hombre no hallaba que hacer conmigo. Agarré aire y le dije «estoy embarazada». Me dijo que no fuera tonta, que era una gran noticia y se puso a reír. Tres meses antes de que naciera mi bebé, él y su esposa me llevaron a una tienda y me dijeron que escogiera lo que yo quisiera. ¿Qué tal?
En otra ocasión, estaba en una Jun- ta Directiva. Solo hombres. Al final de la sesión trajeron un pastel para celebrar el cumpleaños de uno de los directores. Después de cantarle, uno de los directores mayores me dio el cuchillo y me pidió que partiera el pastel. Lo quedé viendo y le dije riéndome que no me funcionaba ese lado del cerebro, que los pasteles de cumpleaños de mis hijos generalmente los desbarataba, por dicha llegó la señora que sirve a rescatarme. Mientras nos comíamos el pastel, el director más joven se acercó a mí y calladito me dijo: Karla no tomes a mal lo que te pidió. No lo hizo con mala intención. Me sorprendió positivamente el gesto que tuvo y me confirmó que las generaciones más jóvenes vienen con otro chip. Finalmente, la mejor de todas fue esta. Mejor me río para no llorar. Hace un tiempo me invitaron a participar en una reunión del Consejo Asesor de un banco europeo. De casualidad a un colega también lo habían invitado. El tema salió en una conversación y sorprendido me dijo, no sabía que te habían invitado, seguro fue para llenar la cuota de mujeres. ¡PLOP!
Entonces, amigas queridas, si les suceden cosas como las que les he contado, o peores, no se desanimen, no lo tomen personal, “sacúdanse las sandalias” y sigan adelante. No armen pleito. Mujeres y hombres estamos en esta tierra porque Dios nos creó a ambos con un propósito; nos necesitamos, nos complementamos y cuando comencemos a apreciar los super poderes que tenemos cada uno “salvaremos el mundo” juntos.
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