Cubano de nacimiento y dominicano por convicción y compromiso, Roberto Fernández fue protagonista silencioso de algunos de los momentos más trascendentales de la vida política de la República Dominicana.
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Por Fausto Rosario y Luis Manuel Piantini
Con la partida de Roberto Fernández desaparece una de las figuras más extraordinarias, discretas e influyentes de la historia política latinoamericana. Su vida estuvo dedicada al servicio de la democracia, la libertad y las instituciones, dejando una huella profunda que trascendió generaciones y fronteras.
Cubano de nacimiento y dominicano por convicción y compromiso, Roberto Fernández fue protagonista silencioso de algunos de los momentos más trascendentales de la vida política de la República Dominicana desde el fin de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Durante décadas acompañó muy de cerca a dos de los más grandes líderes de la democracia dominicana: el profesor Juan Bosch y el doctor José Francisco Peña Gómez, convirtiéndose en uno de sus colaboradores más leales, eficientes y respetados.
Conocido afectuosamente como «El Cubano», Roberto reunía cualidades excepcionales: inteligencia, prudencia, disciplina, discreción y una extraordinaria capacidad de trabajo. Su vida fue ejemplo de entrega absoluta a las causas que consideraba justas, siempre guiado por sólidos principios éticos y un profundo sentido del deber.
Su trayectoria estuvo igualmente marcada por su firme compromiso con la libertad de Cuba. Como integrante del exilio cubano, mantuvo siempre vivo el ideal democrático de su país natal, lo que hizo de él un hombre respetado por quienes compartían esos valores.
Durante los últimos treinta años residió en Miami, donde continuó siendo un referente para numerosos dirigentes, académicos, diplomáticos y amigos que acudían a él en busca de orientación. Su memoria privilegiada y su extraordinario conocimiento de la política, la economía y las relaciones internacionales lo convirtieron en una fuente permanente de consulta.
Aunque nunca cursó estudios formales de economía o sociología, dominaba ambas disciplinas con una profundidad admirable. Su capacidad de análisis y su visión estratégica le permitían interpretar con precisión los grandes procesos políticos y sociales de América Latina y del mundo.
Roberto Fernández fue, además, una auténtica enciclopedia viviente de la historia política dominicana y latinoamericana. Conocía sus protagonistas, acontecimientos y procesos con un nivel de detalle pocas veces visto. Su modestia lo llevó a mantenerse siempre lejos del protagonismo público, prefiriendo que sus aportes hablaran por sí mismos.
Una de las pocas ocasiones en que aceptó compartir públicamente sus conocimientos fue durante la extensa entrevista concedida al historiador Bernardo Vega para la preparación de la obra Cómo los americanos ayudaron a colocar a Balaguer en el poder en 1966, testimonio que hoy constituye una valiosa referencia histórica.
Desde muy joven se integró al círculo más cercano del profesor Juan Bosch, desarrollando con él una relación de absoluta confianza. La familia Bosch lo acogió como uno de los suyos, especialmente doña Carmen Quidiello y sus hijos, quienes siempre le profesaron un profundo afecto.
Como colaborador de Bosch desempeñó una labor fundamental en la investigación histórica del líder dominicano. Recorrió archivos, especialmente en el Congreso de los Estados Unidos, localizando documentos, discursos y referencias bibliográficas que sirvieron de base para numerosas obras del profesor. También atendía con meticulosa dedicación todos los detalles necesarios para facilitar su trabajo intelectual.
Su compromiso nunca estuvo motivado por intereses personales. Sirvió con absoluta generosidad, convencido de que el verdadero liderazgo se ejerce desde el servicio.
Posteriormente acompañó de manera inseparable a José Francisco Peña Gómez, convirtiéndose en uno de sus colaboradores internacionales más eficaces. Fue pieza clave en el fortalecimiento de las relaciones de Peña Gómez con importantes líderes políticos y organismos internacionales en Washington y Europa.
Junto a Milagros Ortiz Bosch impulsó una de las mayores campañas internacionales en defensa de los derechos humanos realizadas por dirigentes democráticos dominicanos, contribuyendo significativamente al fortalecimiento de la imagen internacional de Peña Gómez y del movimiento democrático dominicano.
También asumió importantes responsabilidades administrativas, entre ellas la dirección del proyecto de transformación de Güibia durante la gestión municipal de Peña Gómez, labor que ejecutó con el rigor, la planificación y la eficiencia que siempre caracterizaron su trabajo.
A pesar de la magnitud de sus contribuciones, Roberto Fernández nunca buscó reconocimiento personal. Prefería permanecer en un segundo plano, convencido de que el éxito pertenecía siempre a las instituciones y a las causas que servía.
Su vida estuvo igualmente marcada por una extraordinaria fortaleza personal. Afrontó con serenidad enormes desafíos y encontró en su esposa y compañera de vida, Diana Collazo, el apoyo incondicional que le permitió construir un hogar lleno de afecto, dedicación y solidaridad. Juntos compartieron una vida enriquecida por la amistad, los libros, sus valiosos archivos históricos y el cariño hacia los animales, especialmente los perros que rescataban y cuidaban con generosidad.
En sus últimos años enfrentó con admirable valentía diversos retos de salud, siempre acompañado del afecto de Diana, de sus amigos y de quienes reconocían la inmensa dimensión humana de quien dedicó toda una vida al servicio de los demás.
Con su fallecimiento, ocurrido el 12 de julio en Miami, América Latina pierde a uno de sus grandes constructores silenciosos de la democracia. Su legado permanece vivo en las instituciones que ayudó a fortalecer, en los líderes que acompañó con lealtad y en las incontables personas que encontraron en él un ejemplo de integridad, inteligencia y compromiso.
Roberto Fernández vivió para servir, construir y sembrar esperanza. Nunca buscó recompensas ni reconocimientos; encontró su mayor satisfacción en contribuir al fortalecimiento de la democracia y de la libertad.
Su legado trasciende las fronteras de Cuba, la República Dominicana y los Estados Unidos. Pertenece a toda América Latina, que hoy despide a uno de esos hombres excepcionales cuya influencia fue mucho mayor que la visibilidad pública que siempre eligieron. Su memoria permanecerá como símbolo de servicio desinteresado, lealtad, patriotismo y grandeza humana.
Descanse en paz Roberto Fernández, un gigante latinoamericano cuyo legado seguirá inspirando a las generaciones presentes y futuras.
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