Convirtió su ejemplo en una plataforma para que otros jóvenes crucen fronteras a través del deporte.
Por Milagros Sánchez Pinell
Cambió el guante por el balón a los 14 años, dando un giro que lo llevaría a convertirse en el primer jugador nicaragüense de exportación, el primero en ser contratado para jugar profesionalmente en el extranjero y el primer atleta nacional en obtener una beca universitaria en Estados Unidos para jugar baloncesto.
Wesley Savery creció en una familia que dejó huellas en su formación. Afirma que su madre, de carácter fuerte, le enseñó el valor de ayudar al prójimo, mientras que su padre, maestro, pastor y músico, y su abuelita, ambos muy reconocidos en su comunidad por su vida intelectual, cultivaron en él principios sólidos.
Hoy, su legado deportivo, profesional y humano abarca mucho más que estadísticas y títulos. Fue pionero en la NCAA División II y ha sido guía fundamental en la carrera de Norchad Omier, el primer nicaragüense en llegar a la División I y actual jugador de los Cleveland Cavaliers.
Jugó baloncesto durante dos décadas en ligas nacionales e internacionales, con una destacada carrera en países como Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Brasil, Grecia y Estados Unidos.
Su impacto lo llevó al Salón de la Fama del Baloncesto Nicaragüense y del Deporte Nacional. Fue vicepresidente de la Federación de Baloncesto y gerente general de la Liga Profesional de Baloncesto en Nicaragua.
Actualmente, continúa apoyando a la liga y promoviendo alianzas con marcas como Adidas y Peak.
También es el primer agente FIBA certificado en Centroamérica, una acreditación que le permite representar legalmente a jugadores ante clubes profesionales en el exterior.
Paralelamente, ha desarrollado una carrera internacional como consultor para la línea de cruceros Viking Cruises. Se graduó en Comunicaciones y en Hotelería y Turismo.
Aunque pasa buena parte del año viajando por compromisos profesionales, comenta que reside en Managua junto a su esposa Valeria Delgadillo. Es padre de Leslie, Nicole y Wesley Jr., todos ellos también vinculados al mundo del deporte.
¿Cómo nació su pasión por el baloncesto?
Mi primer deporte fue el béisbol, pero a los 13 o 14 años di un giro drástico. Empecé a estirarme y la gente me decía que debía jugar básquet. En Bluefields se organizó un torneo infantil de baloncesto y mi entrenador de béisbol me invitó. Me dijo que solo necesitaban que me colocara ahí para agarrar rebotes, ya que era alto. Terminamos campeones nacionales y me llevé los trofeos de campeón encestador, campeón reboteador y jugador más valioso. Entonces, de repente, al recibir halagos y trofeos me dije, este es mi deporte. Un año después, a los 15, ya pertenecía a la selección nacional mayor de Nicaragua. Fue un desarrollo súper rápido, increíble. Me dieron una beca para estudiar en El Salvador a nivel colegial, y más adelante obtuve otra para Estados Unidos.
¿Qué tan difícil era para un niño con limitaciones económicas soñar con traspasar fronteras?
Decir que fue difícil nunca lo pensé así, pero hoy, viendo hacia atrás, recuerdo que carecía de un par de zapatos buenos para jugar baloncesto. En una ocasión me fui a un torneo centroamericano juvenil representando a Nicaragua con un par de calcetas que, después de cada juego, las ponía a secar al sol porque, si las lavaba, tenía miedo de que estuvieran mojadas al día siguiente. También solo tenía un par de zapatos que había llevado a reparar al mercado unas cuatro o cinco veces. Aunque andaban en las últimas, allí estábamos felices y ni cuenta nos dábamos de eso, hasta que veíamos a los demás equipos con uniformes bien bonitos y zapatos del año. Decir que sufrimos puedo decirlo hoy, viendo hacia atrás, pero en el momento ni lo vi ni lo sentí así, porque mis papás estaban presentes y nos decían que eso era lo que había, y lo aceptábamos.
¿Qué desafíos enfrentó al dejar su país Nicaragua?
El primer desafío fue la disciplina. En Nicaragua los entrenamientos duraban dos horas; en Estados Unidos eran de cuatro horas y media, incluso los sábados y domingos. Yo creía que estaba más avanzado que los demás porque había jugado con mayores desde joven, pensaba que iba a ser fácil, pero me equivoqué. Los de mi edad entrenaban cuatro veces más que yo, que estaba muy cómodo creyendo que lo sabía todo. Fue muy desafiante. Además, extrañaba mi gallopinto. La comida allá era diferente.
¿Qué vio en Norchad Omier?
Le digo a mi esposa que vi a un Wesley de la misma edad, con las mismas ganas. El sueño mío él ya lo cumplió, hasta se ha excedido de lo que yo soñé para él. ¿Qué le pedí yo? Gradúate de la universidad, dale una mejor vida a tu familia y abrí las puertas para los demás nicaragüenses que vamos a seguir exportando, y él ha cumplido eso y más. Yo vi sus atribuciones físicas, su salto, su habilidad de agarrar rebotes, su velocidad, pero sobre todo sus agallas. Es un tigre en la cancha. Tiene un motor que me es difícil entender cómo lo enciende, pero se apaga hasta que el juego termina. Cada vez que dudan de él, eso se convierte en su gasolina. Nunca se da por vencido.
¿Qué lo motiva a apoyar a jóvenes y cómo elige a quién ayudar?
Crear oportunidades para otros simplemente es replicar lo que me pasó a mí. He visto tanto talento en Nicaragua que terminó echándose a perder, muchachos que se volvieron alcohólicos, cayeron en las drogas, en la cárcel o quedaron en situación de calle porque en su momento faltó alguien como yo que les tendiera la mano o que creyera en ellos. He recomendado a muchachos que les he visto muchas ganas, aunque tengan poco talento. Lo importante es que exista alguien que te diga «te echo la mano», y a partir de ahí, depende de vos echarle ganas. Eso es lo que trato de hacer.
Ha organizado clínicas y eventos con figuras como J. J. Barea. ¿Qué impacto han tenido estas iniciativas en los niños y el desarrollo del deporte en Nicaragua?
Increíble. Ha ido de la mano con el apoyo nacional. En este momento el baloncesto está en su mejor época, aunque algunas personas de los ochenta y noventa se pongan celosas. Nunca habíamos competido a este nivel. Tampoco habíamos tenido un Norchad, un Bartel López de casi siete pies de estatura, un David Watson que hoy destaca en academias como Miami Prep y un Joost West. Esa gente está poniendo en alto al país. Hemos escalado tanto en el ranking de FIBA que, en poco tiempo, subimos cuarenta peldaños, es una locura. El baloncesto está en su mejor momento gracias a iniciativas personales mías. Estoy creando oportunidades a muchachos destacados y sus padres están agradecidos por lo que están logrando en todo sentido. Mis iniciativas están dando frutos y hoy hay creyentes afuera que están ayudando a abrir puertas.
¿Qué más podemos esperar de usted?
Seguir siendo una persona que da sin esperar nada a cambio, porque, aunque a veces tengo encontronazos con mi esposa cuando ve que la cuenta bancaria se destinó para un programa de basket, algún campamento o para ayudar a alguien, ella entiende que esa es mi pasión. Voy a seguir ayudando a quien quiera ser ayudado y al que trabaje duro. Sigo pensando en grande, sigo viendo más Norchads en el camino.
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