“La ciberseguridad debe dejar de ser tratada exclusivamente como un problema del departamento de tecnología y convertirse en un componente de la gestión del riesgo y la continuidad del negocio”, afirma Mario Miccuci, investigador de seguridad informática de ESET Latinoamérica.
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Constantemente escuchamos que alguna empresa sufrió un ataque cibernético, que los datos sensibles de la organización estuvieron en riesgo, y es dónde surge la pregunta, ¿están listas la empresas para responder a este tipo de situaciones de forma efectiva? O bien, ¿dé evitar que les suceda?
Actualmente, las empresas se ven expuestas a amenazas como el phishing y el fraude corporativo, el robo de credenciales mediante infostealers, la toma de cuentas de correo o servicios en la nube, el ransomware con doble extorsión y los ataques originados en proveedores o terceros.
“También observamos un crecimiento de fraudes potenciados por inteligencia artificial, mediante mensajes más convincentes: clonación de voz, suplantación de ejecutivos y automatización de campañas”, comenta Mario Miccuci, investigador de seguridad informática de ESET Latinoamérica.
Aunque muchas estadísticas agrupan a Centroamérica dentro de América Latina y el Caribe, los datos regionales muestran que, durante 2025, el ransomware afectó especialmente a manufactura, salud, gobierno, tecnología y educación.
“El sector financiero continúa siendo un objetivo prioritario por el valor de sus datos y transacciones. En Centroamérica también deben considerarse especialmente vulnerables las telecomunicaciones, la energía, la logística, el turismo y las instituciones públicas, debido a su criticidad operativa y, en algunos casos, a la dependencia de sistemas antiguos”, explica Miccuci.
Ante estas amenazas como están preparadas las empresas de la región.
“La preparación es muy desigual. Existen bancos, grandes empresas y operadores de infraestructura crítica con capacidades maduras, pero una parte importante de las organizaciones medianas, pequeñas e incluso públicas todavía trabaja de manera reactiva”, señala el experto.

A pesar de eso, Miccuci, afirma que la región ha progresado en estrategias, legislación y capacidades institucionales, pero persisten brechas de recursos, personal especializado y coordinación entre el sector público y privado.
“Las principales debilidades son la falta de visibilidad sobre los activos, sistemas sin actualizar, controles de acceso insuficientes, escaso monitoreo fuera del horario laboral, dependencia de proveedores y planes de respuesta que existen en documentos, pero nunca fueron probados”, dice el investigador de seguridad informática.
A eso se suma la falta de profesionales. “El Foro Económico Mundial señala que el 65% de las organizaciones de América Latina y el Caribe considera insuficientes sus capacidades y habilidades para alcanzar sus objetivos de seguridad”, agrega.
Para Miccuci la ciberseguridad debe dejar de ser tratada exclusivamente como un problema del departamento de tecnología y convertirse en un componente de la gestión del riesgo y la continuidad del negocio.
“Cada nuevo proyecto de nube, inteligencia artificial, automatización o digitalización debe incorporar seguridad desde su diseño, definir qué información puede utilizarse y establecer controles sobre accesos, proveedores y modelos de IA. Las empresas necesitarán gobernar el uso de IA para evitar que empleados introduzcan información confidencial en herramientas públicas, controlar aplicaciones no autorizadas y proteger los modelos contra fuga de datos, manipulación y abuso”, señala.
Paralelamente, deberán utilizar automatización e inteligencia de amenazas para detectar y responder con mayor velocidad. El Foro Económico Mundial indica que el 94% de los líderes espera que la IA sea el principal factor de cambio en ciberseguridad durante 2026, mientras que los riesgos asociados con terceros y cadenas de suministro ya son considerados el mayor obstáculo para la resiliencia por el 65% de las grandes organizaciones.
“En los próximos años, la diferencia no estará únicamente entre empresas atacadas y no atacadas, sino entre aquellas capaces de detectar, contener y recuperarse rápidamente, y aquellas cuya operación puede quedar paralizada durante días o semanas”, explica.
Medidas preventivas
Ante esta situación el experto recomienda a las organizaciones tomar medidas preventivas como conocer que deben proteger, es decir, contar con un inventario actualizado de dispositivos, aplicaciones, servicios en la nube, datos críticos y proveedores.
“A partir de allí, deben implementar gestión continua de vulnerabilidades, actualización de sistemas, autenticación multifactor resistente al phishing, privilegios mínimos y controles estrictos sobre las cuentas administrativas”, señala. Además, resulta fundamental disponer de protección y monitoreo en servidores y endpoints, segmentar las redes, centralizar registros, proteger el correo electrónico y mantener copias de seguridad aisladas, inmutables y periódicamente probadas. “La organización también debe evaluar la seguridad de sus proveedores y realizar ejercicios de respuesta ante incidentes. El marco NIST CSF 2.0 resulta útil para organizar estas acciones bajo seis funciones: gobernar, identificar, proteger, detectar, responder y recuperar”, explica.
Capacitación constante
Otro factor que las instituciones deben tomar en cuenta en el campo de la ciberseguridad es la capacitación constante de sus colaboradores y formar parte de la cultura organización de la empresa.
“La capacitación es esencial porque gran parte de los ataques comienza con una interacción humana: abrir un archivo, entregar una contraseña, aprobar una solicitud de autenticación o realizar una transferencia. La formación debe ser continua, práctica y adaptada a cada función: finanzas debe reconocer fraudes de pagos; recursos humanos, currículums maliciosos; y los administradores, ataques contra cuentas privilegiadas”, asegura.
Además, la cultura también determina si una persona informa rápidamente un error o intenta ocultarlo.
“Las organizaciones deben establecer canales simples de reporte, realizar simulaciones, evitar una cultura punitiva y conseguir que la dirección participe activamente. El colaborador no debe ser considerado únicamente el “eslabón más débil”, sino una parte del sistema de detección temprana. La falta de capacitación y concientización continúa siendo identificada como una debilidad importante en las instituciones de la región”, concluye Miccuci.
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