• 6 marzo, 2026

A propósito de la IA

A propósito de la IA

Una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial avanza con enorme poder mientras el verdadero desafío humano es conservar la sabiduría, los valores y la humanidad para usarla correctamente.

Por Karla Icaza M. Vicepresidenta Ejecutiva Gobierno Corporativo de Grupo Promerica.

Hace unos días un amigo y colega me envió un artículo sobre la inteligencia artificial titulado “Something Big is Happening”, de Matt Shumer. Me gustó como aborda los temas de forma clara y franca. Sin embargo, cuando iba por la mitad me detuve. Comenzó a invadirme una sensación difícil de describir: temor, ansiedad… no sé exactamente. Y me acordé de lo que decía Mafalda: “detengan el mundo que me quiero bajar”.

Justamente un par de días antes, conversando con mi esposo, le dije: “me gustaba más el mundo antes. Añoro la sencillez de la vida que todavía nosotros alcanzamos a tener”. A pesar de las dificultades que a nuestra generación le tocó enfrentar —y que nos hizo madurar temprano, volvernos “niños viejos”— disfrutamos cosas simples: jugar en el barrio con amigos hasta que anochecía, bañarnos en el mar sin pensar que nos íbamos a ahogar, correr como locos encima de un caballo, subirnos a los árboles, comer la comida que pasaban vendiendo en las calles, en fin… Había riesgos, sí, pero también había inocencia. Había límites naturales. Había pausas.

Tomé un par de respiraciones profundas y decidí continuar leyendo. Quizá la sensación de temor no es porque crea que me voy a quedar sin trabajo; a estas alturas estoy más cerca del “otro lado” que de éste. Lo que verdaderamente me inquieta es desconocer lo que la inteligencia artificial puede hacer estando en manos equivocadas.

Porque la IA carece de conciencia, de valores y de compasión. Es una herramienta poderosa, capaz de amplificar lo mejor del ser humano… pero también lo peor. Puede acelerar la medicina, la educación y la productividad. Puede democratizar información y abrir oportunidades. Pero también puede manipular, desinformar, invadir, y sustituir relaciones humanas por interacciones frías.

La historia nos ha demostrado que el problema nunca ha sido el avance en sí mismo, sino el corazón que lo dirige. La energía nuclear puede iluminar ciudades o destruirlas. Las redes sociales pueden conectar o dividir. La inteligencia artificial no será distinta.

¿Dónde nos llevará la IA con la crisis de valores que estamos viviendo? Estamos desarrollando máquinas que aprenden más rápido que nosotros, que terminan ellas mismas desarrollando cosas más poderosas sin intervención humana. El mundo no se está deteniendo. No podemos bajarnos de él. Pero sí podemos decidir cómo caminar en esta nueva etapa. Tal vez el reto no sea resistir el cambio, sino formar líderes —en empresas, gobiernos y familias— que comprendan que el verdadero poder no está en la capacidad de crear tecnología, sino en la sabiduría para gobernarla.

Extraño la sencillez del pasado, sí. Pero también reconozco que cada generación enfrenta su propio desafío. El nuestro es aprender a convivir con una inteligencia que no siente, sin perder la nuestra, que sí siente. Es avanzar sin deshumanizarnos. Es innovar sin olvidar que la integridad no es negociable.

Al final, más que preguntarnos qué puede hacer la IA, deberíamos preguntarnos quiénes somos nosotros al usarla.

Podemos desarrollar máquinas cada vez más inteligentes, pero si no cultivamos corazones sabios, estaremos construyendo sobre terreno frágil. Porque la verdadera sabiduría no proviene de los algoritmos, ni de la velocidad de procesamiento, ni de la capacidad de predecir comportamientos. Proviene del carácter, de la capacidad de discernir lo correcto aun cuando lo conveniente parezca más atractivo.

El carácter se construye con sabiduría y la sabiduría —la verdadera— no se descarga, no se programa, no se automatiza. Se busca, se pide y se vive.

Como dice el Salmo 90:12: “Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría”.

Y quizás, en medio de esta revolución tecnológica, ese sea el recordatorio más urgente: que ninguna creación humana tendrá más valor que una vida guiada por la sabiduría.

Etiquetas: Análisis / Columna / conecta2 / Karla Icaza / opinión

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