Sus ojos tienen un brillo especial. Irradian perseverancia, compromiso, cariño, pasión. Y cuando se sienta a conversar, tiene la sonrisa a flor de piel. Marlenne Meany repasa los capítulos más importantes de su vida con la sabiduría que brinda el paso del tiempo. No ha sido fácil. La empresaria guatemalteca tuvo que tomar las riendas de su familia y de los negocios de su esposo, Bechara Hage Pheres, tras el desafortunado accidente que sufrió a finales de los ochentas.
En la actualidad, lidera un grupo empresarial heterogéneo. La textilera Hilos y Telas, la Aseguradora La Ceiba, Maderas el Alto, el hotel Mercure Casa Veranda y proyectos habitacionales Residenciales Casa Grande.
Reunir a toda la familia para retratarla tiene sus complicaciones. Bechara, el hijo menor, no está presente: estudia y reside en París.
La charla con ella se torna amena, cómplice. Desde su oficina en Hilos y Telas, y tras un desayuno de trabajo, saltamos en el tiempo para saber cómo ha sido el recorrido vital de Marlenne Meany.
Procede de una familia en la que se mezclan el periodismo, la poesía, la carrera diplomática y las labores de Gobierno.
"Nací en Guatemala en una familia de cuatro hermanos (dos hombres y dos mujeres). Mi padre, el periodista Julio Meany Ariza, nació en Cádiz durante los años en que mis abuelos se desempeñaban como diplomáticos en España, en 1910. A la edad de 13 años, mi padre se instaló con su familia en Guatemala. Fue durante el Gobierno de Juan José Arévalo (1944), cuando mi padre estaba en el exilio, que conoció a mi madre, Nydia Valerio Moncada, nicaragüense, nieta del presidente José María Moncada. Se casaron siendo ella una adolescente, lo normal en aquella época.
Mi padre fue encarcelado en Guatemala por involucrarse en el movimiento liderado por Castillo Armas, antes de que a este le llegara la presidencia con el apoyo americano.
En cuanto a sus ocupaciones, dirigía una guía telefónica de la ciudad de Guatemala, actividad que acompañaba con el ejercicio del periodismo (tenía una revista agrícola y escribía en un diario de la época). Falleció joven.
Mi madre fue asistente de embajadores y luego se dedicó a su hogar y a educar a sus hijos.
Su vida la marcó el hecho dramático del accidente automovilístico que sufrió su esposo, Bechara Hage, en 1988. ¿Cómo sucedió?
Él solía hacer viajes de negocios. Acudía a las ferias industriales del área textil y forestal. En aquella oportunidad iba a Carolina del Sur. Había mal tiempo y se produjo un accidente en carretera, muy serio: una chica, por exceso de velocidad, se atravesó en la autopista y fue a pegarle al carro en el que iban mi esposo y mi hermano Carlos. El chofer de la limosina falleció instantáneamente y mi marido quedó con daño cerebral serio. Mi hermano tuvo golpes de menor consideración y salió adelante. Bechara vivió seis años entre tratamientos y procedimientos delicados. Lamentablemente, no logró recuperar la consciencia, el daño neurológico fue masivo, y su cuerpo se fue agotando. Falleció el 9 de noviembre de 1994.
¿Cómo fueron esos años?
Difíciles. Al principio, mi esposo estuvo en un hospital de vanguardia en Greenville, Carolina del Sur. Ya cuando se vio que tenía cierta movilidad, se le llevó a un hospital especializado en recuperación y terapias físicas. Nos trasladamos a Houston. Pero, lamentablemente, no se logró lo tanto añorado. Entonces, decidimos después de un año regresar a Guatemala, donde recibió en casa constante atención y tratamiento de especialistas.
Bechara fue un hombre inteligente, excepcional, fuerte, bondadoso y visionario. Cuando ocurrió el accidente, yo estaba embarazada de cinco meses de mi hijo menor, quien nació en Greenville. Para mí fue muy devastador ver al gran hombre en esas condiciones. No era mi Bechara, mis recuerdos de él son las cualidades que ya dije. Para mis hijos también fue muy duro no tener a su padre y contar con esa figura en los años de adolescencia. Entendieron que había que acompañar su proceso, pero fue realmente devastador para toda la familia. Mi cuñada sin falta, todos los días llegó a verlo durante seis años.
Pasó de estar dedicada a la vida familiar a tomar las riendas de los negocios de su esposo, un vuelco radical.
Lo bueno es que todas las empresas estaban manejadas por ejecutivos y personal capacitado. Y, en ese proceso, conté con el apoyo de mi familia. Mis hermanos estuvieron a mi lado. Le entregué la dirección administrativa de los negocios a mi hermano Carlos. Paulatinamente, yo empecé a integrarme. En los primeros años tuvimos un proceso muy interesante de colaboración y acompañamiento en mi adaptación al mundo industrial, a los negocios... Temas en los que antes participaba con mi marido, pero como esposa: estaba a su lado en sus visitas al exterior, en viajes a ferias y negociaciones de compra de maquinaria. Con mi hermano aprendí más de la operación en sí -pues nos tocó ordenar el patrimonio- y de la parte financiera y legal.
¿Le gustó esa nueva faceta empresarial?
Claro. Mientras aprendía a lidiar con la situación familiar difícil en casa, y aunque no superaba el tema sentimental del todo, lógicamente, la vida empresarial representó, también, un escape interesante y muy dinámico.
Mi vida dio un gran giro. Desde 1989 no pude volver a compartir las tardes tan agradables de café con las amigas, cuya amistad hoy perdura pero de otra forma... Y sí, ¡las echo de menos! Pero, ya no me acostumbro a llevar una vida de ama de casa.
Las cambió por reuniones con hombres de negocios.
[Ríe] ¡Sí, hombre! Vivir rodeada de corbatas es bien complicado...
¿Y siendo mujer es más difícil?
Viviendo en un país machista, donde la mujer es madre, educadora y trabajadora, tuve que asumir las diferentes funciones: estar en la oficina y educar a los hijos. Y además, estar pendiente de que mi marido tuviera la mejor asistencia médica posible. Recordemos que él vivió en casa ¡todos esos años! Yo me iba por las mañanas y regresaba al mediodía. Las noches eran difíciles, no sé por qué, pero las complicaciones solían darse entonces.
¿Qué enseñanzas les dejó esa dura experiencia a usted y a sus hijos?
Hay un cambio rotundo, brusco y abarcador... La vida era para mí emprender cosas que antes no hacía, por otro lado, seguir con la rutina de mis hijos y su educación, además de estar al lado de Bechara, asistiendo su posible recuperación, pues en esos momentos uno se llena de fe. Quise enmarcarles a mis hijos esta dura experiencia, creyendo siempre que mi marido estaba con nosotros de alguna manera y podía salir de ese estado. Así que fue toda una filosofía. Uno se vuelve más humano, más sensible al prójimo, aprende a valorar los instantes, los momentos en los que uno está sano para apreciar lo que se tiene. Para mis hijos creo que esto último fue una enseñanza más sentida que consciente, tenían 13, 12, 8 y 1 año. Vivieron seis años con la imagen de su padre, o quizás sin la imagen de su padre, sin su apoyo real. Fue una situación compleja, le veían y él estaba allí, y a la vez no estaba...
Todos sentimos siempre que él nos escuchaba y hoy científicamente lo han comprobado. Ellos aprendieron a relacionarse con él, cada cual estableció su modo de comunicación con él, ahora entiendo que la base de todo fue la fe y que esto nos enseñó a ser luchadores, al acompañar la lucha de Bechara por la vida.
¿Cómo conoció a su esposo, de origen libanés?
Por las circunstancias del destino. Su madre nació en México, de padres libaneses, y de hecho se casó en Líbano con un médico, Tanios Joseph Bechara Hage. Ya sabe, en aquellos días, las mujeres, igual que mi madre, se casaban temprano, e iniciaban su etapa de madres, esposas y guardianas del hogar.
Mi suegro tuvo un fatal accidente de caballo que le dejó paralítico. Mi marido era el hijo menor del grupo familiar de 3 mujeres y 2 hombres. Se quería que siguiera los pasos del padre. Estudió Medicina en Montpellier, Francia, en parte financiado por su hermana Térèse, quien luego lo acompañó en su aventura hacia América en busca de su vocación: el comercio. Viajó a México, en busca de una oportunidad. En aquellos días tuvo la mala suerte de que le negaran la permanencia en ese país, aun cuando tenía familia allí y su madre fuera mexicana. Fue así como viajó a Guatemala. Y aquí se quedó e hizo su vida.
Cuando yo le conocí hablaba muy mal español, resultaba muy simpática la forma en que platicaba. Era un hombre muy persistente y desde que me conoció tomó su decisión; fue de esas cosas que suceden, ¿no es cierto?, estar en el lugar exacto. Llegó a presentarse con otros amigos al Café de París y desde ese momento ya no salió de mi vida. Empezó a visitarme y, para lograr sus objetivos, enamoró primero a mi madre [ríe].
¿A qué se dedicaba entonces?
Le fascinaba el comercio y los negocios. Solía ir a las aduanas, a los remates. Le encantaba estar ahí comerciando. Comenzó desde abajo. Paralelamente, él inició una pequeñita fábrica de suéteres, y adicionalmente compró una máquina de coser y él cosía de noche y vendía de día la ropa para señoras. Todavía conservamos ese local. Fue creciendo, se trajo a su hermana, y se metió en la industria textil. Incursionó después en el tema de la madera y en el de los seguros. Cuando se produjo el accidente, teníamos autorizada la formación de un banco, lamentablemente tuvimos que tomar la decisión de vender los derechos.
¿A qué edad se casó?
A los 25 años. Ya tenía experiencia de vivir fuera, en Washington. Antes viví cinco años en Managua, con mis abuelos maternos, quienes me apoyaron muchísimo en los primeros años de mi vida profesional. Trabaje en varias empresas allá.
¿Cómo influyó en su relación el origen libanés de su marido?
Me costó entender cuán diferente era su cultura. Bechara era de los libaneses católicos maronitas y se le tenía que distinguir como tal. Al Líbano, antiguo protectorado francés, se le decía la pequeña Suiza, otro orgullo libanés. Bechara era un hombre muy educado, hablaba francés como segunda lengua, después aprendió bien español y se naturalizó guatemalteco. Aseguraba que 'uno es del país que le da de comer'.
Sus hijos se han educado atendiendo a sus raíces libanesas.
Sí, sobre todo el tema de la comida y la educación en el sistema francés. Mi marido prefirió que tuvieran una educación bicultural guatemalteco-francesa, en lugar de la guatemalteco-americana, porque les permitía, además de ir al Líbano, tener contacto con Europa. Hablan tres idiomas (español, francés e inglés).
El menor estudia en París.
Sí, desde hace tres años. Bechara está por terminar una licenciatura de Matemática y Física en Pierre et Marie Curie. Y la gran noticia de fin de año fue que le aceptaron en École Polytechnique, para la cual se sometió a una competitiva eliminatoria estatal. Cabe mencionar que en Francia la 'cacería de talentos' es ajena a la capacidad económica. Mi hijo es el primer guatemalteco que logra ingresar en Polytechnique, la mejor escuela de Ingenieros de Francia. Sin duda, heredó algo de la mente brillante de mi esposo.
Y una de sus hijas es artista.
Si, Yasmin. Estudió en Boston, en School of the Museum of Fine Arts. A mí me gustan mucho sus dibujos de desnudos en vivo. Se ha dedicado a su obra, por un lado, y a la producción de arte, por otro. Ella piensa que en Guatemala, para incentivar la industria cultural y su aparato, los artistas tienen que involucrarse en preparar la plataforma, así como colaborar en la producción de obra de los otros, bajo el sello de Uva! Su trabajo personal se encuentra dentro de la tradición, así como en las nuevas prácticas (instalaciones y arte en contexto). Pero, desde hace dos años, Yasmin colabora de lleno en la empresa forestal, asistiendo el proceso de transición. Ella tiene que lograr conciliar el arte y el tema empresarial.
La pasión por el arte se respira en su casa. Usted es una gran coleccionista. ¿Como empezó con esa afición?
Es un tema simpático. Solía ir a Juannio, un grupo-sociedad que hace eventos culturales y subastas; comprábamos arte. Yo había comenzado a coleccionar arte primitivista. Posteriormente, conocimos a John Gody, un empresario polaco, casado con una francesa, quien se convirtió en un gran amigo y quien fue un gran coleccionista. De él aprendí la apreciación del arte. Me enseñó muchísimo. Le prometí hacer un museo con su colección, la cual adquirí entonces. Hoy por hoy, tengo alrededor de 450 obras de maestros guatemaltecos, objetos coloniales, platería y precolombino.
¿Y dónde guarda tantas obras?
[Ríe]. En casa, en las oficinas, en los baños, por todos lados. ¡Me hacen falta paredes!
¿Qué arte le gusta?
Tengo mucho arte de los sesentas y setentas, cuando se dio ese gran desarrollo de las artes plásticas en Guatemala.
¿Se enamora de las obras?
¡Entran por los ojos! Hay algo que uno no puede explicar pero, le atrae y entonces se empieza a analizar la obra. Hay piezas que entre más las veo, más me gustan y más sentido les encuentro. Y así se convive con la obra.
¿Ha pensado agrupar su colección para exhibirla?
Sí. La idea sería poder en un futuro agruparla en un museo. Les he dicho a mis hijos que tratemos de mantener la colección unida. Si yo no lo logro, les queda a ellos.
Siendo madre tomó la decisión de ir a la universidad.
Sí, cuando ya había nacido mi segunda hija. Yo iba a la oficina todos los días medio tiempo, mi marido me confiaba algunos asuntos, pero sobre todo la chequera [Ríe]. Iba a la 'U' después de dejar a mis hijas al colegio... Estuve cuatro años y medio, hasta que terminé mis cursos de Literatura con el doctor Salvador Aguado, en la Universidad Francisco Marroquín. Con mi tercer embarazo, llegaba con mi carruaje y mi bebé a la 'U'.
¿Por qué escogió estudiar Literatura?
Porque quise intentar hacer algo que le diera un sentido a mi opinión. Me ayudó mucho en la relación con mi marido, después de cuatro años de estudios y desvelos, tres hijas, viajes, veladas y cenas de negocios -donde los hombres conversan de un lado y las mujeres de otro-, la lectura me motivó a inmiscuirme en su mundo.
También saca tiempo para dedicarle al Club Rotario de Guatemala.
Nos reunimos regularmente cada semana y tenemos actividades de enfoque social que me demandan atención periódica: hoy estamos enfocados en Haití.
¿A qué más le dedica su atención?
Represento al grupo de inversionistas de un proyecto inmobiliario que quebró hace seis años. Yo también era una de las inversionistas, y, cuando me enteré que había sido entregado al banco, me interesé en rescatar mi inversión, y fue allí que me pidieron que me involucrara. Inicié el fideicomiso en representación de todos los inversionistas. Durante este proceso, cambié el giro del negocio: pasó de ser un edificio de apartamentos a la primera operación hotelera administrada por el grupo francés Accor en la región. Le dediqué tres años intensos. Hoy por hoy, la inversión de los accionistas fue rescatada, y el hotel tiene una tasa de ocupación promedio interesante.
Entonces fue cuando ideó el proyecto del Hotel Mercure, Casa Veranda.
Durante una visita a mi hija Arianne a París, me pregunté '¿y por qué no una cadena francesa de hotelería en Guatemala?'. Decidí enviar una carta a la marca Sofitel para invitarlos a la oportunidad de negocio en Guatemala... Nunca me la contestaron. Mandé una segunda, esta vez a través de la Embajada de Francia en Guatemala. Y se dio una tercera, mi último intento. A los dos meses recibí una llamada. Se trataba de un alto ejecutivo de la firma Accor, quien expresó su desinterés por Guatemala, pues ya planificaban un negocio en Costa Rica, adonde viajaría. Logré convencerlo de que antes hiciera una parada en Guatemala, para conocer el edificio. Hoy tenemos dos años de operar con la cadena Mercure, con 99 habitaciones-suites.
Sin duda es perseverante.
[Ríe]. Sí, asumí la gran responsabilidad de resguardar mi inversión y la de los demás. El grupo Accor es líder europeo de la hospitalidad, dueño de las marcas Sofitel, Novotel, Ibis, Mercure, Formule 1, entre una decena, que suman 4.000 hoteles en el mundo, con 170.000 empleados en más de 100 países.
¿Va a continuar ampliando los negocios hoteleros?
Es un negocio fascinante, con muchas relaciones públicas, y gran potencial en Guatemala, ya que estamos con un déficit de camas, además, de que el ingreso de turistas es cada vez mayor, pues nuestro país tiene riqueza natural y cultural que está siendo reconocida. La firma me ha solicitado que investigue el mercado. Les interesa Antigua y la región de Centroamérica. Pero es una industria que requiere fuerte capitalización inicial para montar la infraestructura. La firma se encarga de administrar la operación.
¿En qué se centra la actividad de Hilos y Telas?
Somos una empresa verticalmente integrada. Trabajamos fibras de poliéster, algodón, rayón y sus mezclas. Producimos hilo y podemos teñirlo y texturizarlo. También producimos tela (tejido plano y tejido de punto) con distintos acabados, teñidos y estampados. Nuestros mercados de exportación son la región centroamericana, el Caribe, México, EE. UU y Puerto Rico. Contamos con nuestra propia cadena de distribución, con 14 tiendas en Guatemala, cuya marca es Donnatela. Hilos y Telas se inició en septiembre de 1972 y fue la primera aventura empresarial de Bechara. También podemos fabricar telas técnicas para diseños deportivos (Hydrodry, Comfortsport, Sunstop, Defense).
¿Y Maderas El Alto?
También verticalmente integrada, cuenta con tres divisiones en sus operaciones: la forestal, la de transformación industrial, y la de comercialización. En lo forestal, contamos con patrimonio de plantaciones de pino y ciprés, bosques nativos en protección (los cuales se dividen en dos: los que están en áreas protegidas, y los que están en áreas de uso sostenible). En la división industrial contamos con tres líneas de producción: la de plywood, la de tableros de aglomerado, y la de melamina (recubrimiento). La línea de plywood y la de aglomerado son complementarias en el uso de la materia prima del árbol: aprovechamos integralmente todo, las ramas y también todo tipo de desperdicio de otras industrias de aserrío, como lepa, chip, aserrín, viruta. Es una industria muy noble. Mi marido inició el programa de reforestación por el cual somos muy conocidos a nivel nacional. Mi marido decretó reserva forestal una de las propiedades de la empresa, fue en 1987, más de una década antes que el Gobierno. Hoy en día el tema es de mucha actualidad, pero entonces había que tener mucha visión...
La Ceiba es otra de sus compañías.
Se fundó en 1986. Nos dedicamos a la producción y venta de seguros de vida y daños. Nuestro fuerte es el ramo de vehículos. Además ofrecemos seguros para accidentes personales, incendio y transporte. Siempre estamos diseñando productos novedosos especializados (en proyecto). Actualmente, simplificamos el servicio de manera que los clientes puedan, en menos de 30 minutos, tener su vehículo asegurado (Ceiba Express). En adición, tenemos nuestro propio call center para atención al cliente. Mi yerno Víctor trabaja en la empresa y mi hija mayor, Marlenne, es parte de la junta directiva.
Creó su propia empresa de construcción.
Mi hermano menor, Sergio, es arquitecto. Tomé la decisión de entrar en la construcción de casas habitacionales de nivel popular medio, en sociedad con él. La ciudad de Guatemala ha estado en crecimiento (somos ya 3 millones de habitantes) y había carencia de oferta inmobiliaria de calidad para ese sector. Propusimos la opción de ampliar las unidades a futuro (diseños modulables) y dejamos área verde central y perimetral, con jardín infantil que le dio un ambiente convivial. El tema de seguridad y garitas es necesario en Guatemala, no se ofrecen normalmente en este segmento, y nosotros lo dimos, así como salón de usos múltiples. Hemos desarrollado dos proyectos en Carretera al Atlántico, el primero ya se vendió y en el segundo ya está vendido el 75%, gracias a Dios. Mi hermano hizo una gran labor.
¿Cómo se hace para saber de todo?
[Ríe]. Yo no sé de todo, cada día aprendo y me apoyo en altos ejecutivos que administran las operaciones de cada empresa, con la ayuda de los consejos directivos de cada una, de los cuales soy la presidenta. Dios es grande y nos ayuda, ¿no es cierto? He procurado la participación de asesores externos, e iniciado la profesionalización de las empresas y el proceso de sucesión con mis hijos. No soy profesional de títulos, pero la escuela de la vida es la que más enseña.
¿Y le queda tiempo para usted?
He aprendido a tomármelo Desde joven hice ejercicio, claro, me falta el tiempo. Aprecio la vida familiar, la vida sana, mis hijos y nietos. Me hace bien salir con mis amigas, de la universidad, de la vida. Recientemente, me reintegré al club de lectura literaria. Nos vemos una vez al mes. Y con mi hermana Ninoschka parrandeo, comemos rico, asistimos a cocteles e invitaciones. Y, a veces, simplemente descanso.
¿Ha pensado en rehacer su vida?
Claro. He tenido relaciones muy lindas posteriores a la muerte de mi marido, que me han dejado también grandes recuerdos. Pero no estoy segura... El hombre que quiera casarse o estar conmigo tiene que aceptar mi forma de ser, mi vida complicada, mis hijos....
¿Cuándo mira hacia el futuro, qué le preocupa a Marlenne Meany?
Estamos viviendo tiempos complicados. El mundo cambia constantemente, los negocios son muy agresivos. Se requiere de constancia y esfuerzo, ver las oportunidades llegar y no dejarlas escapar. Estoy constantemente preocupada, tener empresas con gran cantidad de empleados, responsabilidades y compromisos, no es fácil. Tengo bien claro cuál es mi presente y me esfuerzo mucho por sacarlo adelante.
¿A dónde le gusta escaparse?
Me gusta mucho viajar, ir a La Antigua, al mar. Me encanta también estar en casa en Guatemala. Me relaja dedicarle un tiempo al jardín y salir a caminar. Por otro lado, quisiera retomar ciertos hobbies, como la bicicleta, pero nuestro país lo hace complicadísimo. Me gustaría retomar mis viajes anuales con mis hijos a un lugar distinto y desconocido para todos, mis cenas temáticas culturales, en las que pasábamos tiempo con amigos y familia, ensayando recetas y degustando vinos.
¿Cómo vive su faceta de abuela?
Es una etapa linda, muy diferente. Solo tengo dos nietos: Víctor, de 3 años (le decimos Vico) y Sabina, de año y medio. Ser abuela es consentir, despreocuparse de las rutinas; es una relación tan exquisita, tan añorada, como ser madre de nuevo.
La cocina libanesa es una delicia. ¿La practican en su casa?
[Ríe] Sí. Mi cuñada y mi suegra me enseñaron. Es nuestra favorita. Sé cocinar libanés mejor que otro tipo de comida internacional.
Qué afortunados sus amigos
Me dicen: 'Qué sabroso. ¿Nos vas a invitar a comer libanés?'. Y los meseros que me acompañan comentan '¿Otra vez lo mismo, señora?' [bromea].
¿Vislumbra una fecha para ir traspasando su labor empresarial?
Estoy organizándome con mis hijas para definir el proceso de sucesión dentro de las empresas o consejos directivos. Trabajan conmigo de diferentes maneras. A veces les digo que me voy a retirar y se preocupan, se afligen y dicen: 'No mami, tú no te puedes retirar, no estamos listas'. Nos hacemos acompañar de asesores y hemos participado en cursos de Incae, seminarios de negocios familiares, estrategias de traspaso generacional y gerencial.
Si tuviera en sus manos dar marcha atrás en el tiempo, ¿qué cambiaría?
El accidente. A pesar que mi vida es otra, me gusta mi vida. ¿A lo mejor hubiese tenido más hijos? A lo mejor no estaría usted hablando con Marlenne. Quién sabe.
RECUADRO
Una mujer comprometida
Marlenne Meany, la segunda de cuatro hermanos, nació en Guatemala, donde también se educó. Cuando la formación de una mujer se dirimía entre el camino de la enseñanza o del secretariado, ella optó por la segunda posibilidad.
Lejos estaba de imaginarse, entonces, la sorpresa que le guardaba el destino: convertirse en la cabeza del grupo empresarial familiar tras unas circunstancias dramáticas. Y lo más importante: ejercer de madre y de padre al mismo tiempo.
La joven guatemalteca ya mostraba signos de su tesón cuando viajó a Nicaragua por unas cortas vacaciones y al final se quedó cinco años en la tierra de Rubén Darío, tiempo en el que trabajó para diferentes instituciones y empresas.
Su espíritu aventurero la llevó hasta Washington, donde estudió inglés en el Institute of Modern Languages. El amor le llegó de Medio Oriente. Fue un libanés, Bechara Hage Pheres, quien logró conquistarla. Juntos fundaron una linda familia. Pero la fatalidad hizo que enviudara tras el accidente automovilístico que sufrió su esposo en Carolina del Sur, mientras visitaba una feria industrial. Marlenne, embarazada de su hijo menor, vio cómo su existencia daba un vuelco. Lejos de amilanarse, comenzó un proceso de aprendizaje y se puso al frente de los negocios familiares. Hoy, 21 años después, es una empresaria comprometida. Y una apasionada del arte que disfruta del coleccionismo, de los amigos, de los viajes y, sobre todo, de su familia. Su hijos son Marlenne, licenciada en Ecoturismo por la Universidad del Valle; madre de Víctor y Sabina, casada con Víctor Pozuelos; Yasmin, profesional de las Artes Visuales, se formó en Boston, en School of the Museum of Fine Arts; Arianne, quien estudió en París siete años, es técnica en Diseño de Modas con especialización en Mercadeo, en Esmod, y luego hizo una doble licenciatura en Administración y Economía Internacional, en la American University of Paris; y Bechara, quien actualmente termina una licenciatura en Matemáticas y Física en la Universidad Pierre et Marie Curie, en París, y se prepara para iniciar en Ecole Polytechnique una carrera de Ingeniería.
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